Comprendo perfectamente a los que vibran con la Roja. A mí no me pasa.
Recuerdo la desilusión del penalti de Eloy en México, el cabreo por el codazo de Tassotti a Luis Enrique en Estados Unidos… Y poco más. La llegada de los grandes éxitos de España ha coincidido con un momento en que mi identificación con la Selección española es más bien escasa.
Siempre he entendido el fútbol como aquello que es cotidiano. Como competición de clubes. Como rivalidad directa entre adversarios irreconciliables.
Yo mamé fútbol de la teta de un barcelonismo que tenía la convicción moral de ser más que un club pero que, año tras año, veía como el “aquest any sí” se convertía en un balón de oxígeno que, irremediablemente se desinflaba en un “aquest any tampoc”.
Aprendí a ir al fútbol de la mano de mi abuelo. Y seguí yendo al fútbol con mi abuelo hasta que prácticamente tuve que llevarle yo del brazo. Era un fútbol familiar, de domingo por la tarde, de partidos contra el Oviedo, contra el Elche, contra el Salamanca. Era un fútbol de caramelos Darlings, de vecino con puro y de mucha bufanda y poca camiseta.
Ese era el fútbol que muchos aprendimos a amar, pero que hoy en día no tiene ningún sentido.
Entonces, la visita del Castellón al Camp Nou no garantizaba goleada. Cualquier equipo de 1ª podía competir y, aunque ganasen casi siempre los mismos, la Liga de 18 prometía, casi siempre, emociones hasta la última jornada.
En cambio, los enfrentamientos contra equipos de inferior categoría en Copa, o contra algún club islandés en las primeras rondas de la Recopa, eran casi siempre sinónimo de pachanga.
Hoy en día, es fácil que el Barça le meta 5 al Atlético de Madrid, y no es difícil que Hospitalet o Viktoria Plzen le compliquen la vida más de la cuenta gracias a un planteamiento serio y correoso.
El mercado global nos ha llevado a que un señor de Hong Kong sea un culé absolutamente recalcitrante, y que en cambio, a poca gente más allá de San Vicente de la Barquera le importe lo más mínimo el último resultado del Racing. Esto ha llevado a que el club que ya era grande haya crecido exponencialmente, mientras que el club encargado de plantarle cara en la competición doméstica, esté potencialmente más cerca del nivel del colista de 2ª que del líder de 1ª
Ante este nuevo escenario, parece absurdo aferrarse a conceptos absolutamente trasnochados.
Una liga de 20 equipos, con F.C. Barcelona y Real Madrid a la cabeza, ya no tiene ningún sentido más allá de que equipos que transitan por 2ª División, sueñen con un ascenso que les permita codearse efímeramente con los dos transatlánticos del fútbol español.
Es evidente que la única posibilidad de recuperar el sabor competitivo de antaño, pasa por limitar la competición a un máximo de 16 equipos y potenciar una Champions con más equipos, si, pero con un sistema competitivo que conduzca a la inevitable Liga Europea.
Una 1ª disputada por los equipos más potentes, con aficiones más numerosas y con mayor capacidad de crecimiento, devolvería la emoción perdida, con partidos como el Athletic-Barça de esta misma temporada en San Mamés, sin tener que recurrir forzosamente a un sistema cerrado, ya que, previsiblemente, los nueve o diez equipos con más tradición se constituirían en el núcleo duro de un campeonato, al que tendrían acceso también aquellos equipos ascensor cuyo hábitat natural sería un 2ª dividida en grupos territoriales.
Con calendarios de liga descomprimidos, se podría plantear una verdadera liga europea, en la que un mayor número de equipos de las ligas más potentes tuviesen garantizado su acceso a una competición en la que una fase inicial clasificatoria entre los equipos de ligas menores, sustituyese a la inocua fase de grupos actual, reforzando así la auténtica competición, al garantizar la presencia de más equipos de ligas como la española, la inglesa, la alemana o la italiana.
En definitiva, quisiera poder disfrutar, no sólo con un buen Athletic-Barça, o con más partidos como un Barça-Bayern o un Inter-Barça, sino también con auténticos Betis-Sevilla por un puesto Champions, o un vibrante Atlético-Roma en marzo.
Sería bonito, aunque sea imposible.
En cualquier caso, ¿a quién le interesa un Costa Rica-España amistoso?